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10 августа 2026, 01:40Geograf ía
Los señores Moc y Poc sostienen que la palabra Geografía quiere decir escribir sobre la tierra y, como la tierra absorbe la tinta y arruina las lapiceras, lo hacen con pequeños palos, ramas o un alambre. Los mensajes duran hasta que sopla el viento, pasa un coche o gente caminando, o llueve. Pero a algunos no los quieren perder y a esos los escriben en barro con forma de ladrillos. Luego cuecen esos ladrillos y hacen una pared, agregan un cuarto o una pieza en el patio de la casa de alguno de los dos. De modo que ellos saben que esas paredes están realmente escritas y eso les encanta porque así conciben al mundo, lleno de palabras.
Realmente creen que todo en el mundo se puede leer. Que un árbol es una palabra, sólo que con forma de árbol. Que un erizo, un teléfono, una goleta o un ábaco son palabras, sólo que con forma de teléfono, de erizo, de ábaco y de goleta.
Que hay palabras muy delicadas, como hipocampo o heliotropo. Otras mágicas, como exuberante o enramada. Graciosas, como teleférico y rubicundo; o tristes, como ahondar y humedad. Y que por eso los diccionarios son libros verdaderamente maravillosos, porque si tienen todas las palabras tienen al mundo de alguna manera (como agujeros por los que se puede mirar el mundo).
A los señores Moc y Poc les encanta leer diccionarios, abrirlos al azar y ver qué parte del mundo están recorriendo. Pueden pasar horas en eso.
De pronto nos explican que en los diccionarios los verbos están en infinitivo, porque son las acciones quietas. Si estuvieran conjugados, los elementos escaparían de los diccionarios. Uno los abriría y desbordaría una catarata o saldría un caballo corriendo o se caería una fábrica. Cualquier cosa. Cuando uno les comenta que hay diccionarios de verbos conjugados, ellos reconocen que sí, pero que en esos no hay cosas, son solamente diccionarios de acciones, pero no de cosas; y que, por lo tanto, al haber acciones, pero no cosas, no hay cosas en acción y que gracias a eso es que todo está tranquilo. Y uno debe reconocer que tienen razón.
El chiste
– ¿Me permite que le cuente un chiste?
– Sí, claro.
– Verá, se lo diré tal como me lo refirieron, aunque no me quedó claro por qué la persona se rió en un momento dado.
– De acuerdo.
– Esta persona me contó que venía alguien…
– ¿Alguien que él vio?
– No, al parecer es una historia inventada.
– Entiendo.
– Sí, bien. Venía alguien por una gran avenida, conduciendo en sentido opuesto…
– Un peligro.
– Fue lo que comenté, pero él me pidió que esperara hasta el final.
– Curioso.
– Bien, este conductor imprudente enciende la radio de su automóvil y oye que un locutor, sumamente exaltado…
– … Alterado.
– … exacto, alerta sobre que, precisamente en esa avenida, venía un coche a contramano, entonces el conductor exclama uno no, son miles, y ahí la persona que me contó el chiste se rió mucho hasta que vio que lo miraba con sorpresa.
– Ajá.
– A lo cual comenzó a alegar que yo no había entendido el chiste.
– Una tontería, por supuesto.
– Es lo que sostuve, el relato era muy simple.
– ¿Y qué le dijo, entonces?
– Que yo no había entendido la gracia.
– ¿La gracia?
– Sí, la parte graciosa del chiste.
– ¿Cuál era?
– Supongo que ésa en la que se rió.
– ¿Podría repetirla?
– Cómo no… Uno no, son miles… Y ahí se rió.
– Ajá.
– Sí.
– Pues, a decir verdad, yo tampoco le encuentro la gracia.
– ¿Verdad que no?
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